30 oct. 2018

Terrorismo doméstico en EEUU impulsa división cultural

Esta semana, EEUU sufrió el peor ataque antisemita de su historia, una masacre que se cobró 11 vidas, además del pánico causado por una serie de bombas de tubo enviadas por correo a al menos 14 de los críticos del presidente Donald Trump, incluyendo a su antecesor, Barack Obama. En un tercer incidente, dos afroamericanos fueron asesinados a tiros en un supermercado. El presunto asesino no atacó a un cliente blanco, declarando que “los blancos no matan a los blancos”.
Los aparentes culpables de los primeros dos ataques, Cesar Sayoc, quien supuestamente envió las bombas de tubo, y Robert Bowers, acusado de disparar a los fieles y policías en una sinagoga de Pittsburgh, se inspiraron, en parte, en conspiraciones en las redes sociales que promocionaban la historia del Sr. Trump sobre una caravana de centroamericanos que se dirige hacia la frontera con EEUU. Los antisemitas creen que la caravana está financiada por George Soros, el multimillonario de fondos de cobertura, quien fue uno de los blancos de las bombas de tubo.
Como presidente, el primer deber del Sr. Trump debería haber sido apelar a la unidad nacional. En cambio, usó los ataques como una oportunidad para sembrar más división. Respaldó la idea de que las bombas de tubo eran operaciones concebidas por los demócratas para engañar al país, ya que temían perder las elecciones de mitad de término la próxima semana.
“A los republicanos les estaba yendo tan bien en la votación temprana y de repente surge esta ‘cuestión de las bombas’ y el impulso se desaceleró”, escribió en Twitter. Su respuesta a la masacre de Pittsburgh no fue menos inapropiada, aunque sí condenó el antisemitismo.
Dijo que la sinagoga del Árbol de la Vida debería haber tenido un guardia armado. Éstas fueron respuestas altamente incendiarias, que le dieron cobertura al Sr. Trump para minimizar cualquier intento futuro de violencia contra sus críticos.
Pero su culpabilidad va más allá. Como presidente y como candidato, el Sr. Trump ha bendecido de forma rutinaria los actos de violencia contra las personas que no le gustan. Sus incitaciones ahora son tan rutinarias que están perdiendo la capacidad para impresionarnos.
Ya sea aplaudiendo a los matones por golpear a un inmigrante ilegal, retuiteando memes que mostraban a Hillary Clinton en el punto de mira u ofreciendo pagar las cuentas legales de cualquiera que atacara a los manifestantes, ha normalizado los llamamientos a la violencia en la política cotidiana. También ha creado un vocabulario provocativo, al hablar de sus opositores y los medios de comunicación como “enemigos del pueblo”, al elogiar a un congresista que agredió físicamente a un periodista y al amenazar con investigar a sus críticos. Los cánticos de “Enciérrenla”, en referencia a la Sra. Clinton, siguen siendo rutinarios en los mítines del Sr. Trump.
El peligro ahora es que otros comenzarán a seguir el ejemplo del Sr. Trump. Por supuesto, no puede ser legalmente responsable por la violencia que supuestamente inspiró.
Tampoco se le puede culpar por lo que Arabia Saudita ahora admite fue un plan para asesinar al periodista Jamal Khashoggi este mes. No obstante, el presidente de EEUU ocupa la plataforma más efectiva para dar el ejemplo, tanto bueno como malo, para que otros lo sigan en su país y en el extranjero.
La retórica del Sr. Trump ofrece cobertura a los ‘hombres fuertes’ en todo el mundo para emular su ejemplo. El epíteto de ‘noticias falsas’ ahora es utilizado regularmente por autócratas en contra de los medios independientes.
Incluso si el Sr. Trump persiste con esta retórica, otros deberían respetar los estándares de civismo. Los demócratas no deben competir en una carrera hacia el fondo. Como dijo Mohandas Gandhi: “Ojo por ojo sólo termina por hacer que todo el mundo sea ciego”.
Las conversaciones informales sobre la guerra civil se han vuelto demasiado comunes en la izquierda estadounidense. Los críticos del Sr. Trump tampoco son ajenos a la teoría de la conspiración. Pero la responsabilidad realmente tiene que comenzar en la Oficina Oval.
El Sr. Trump ha demostrado que hay pocas restricciones morales sobre lo que está dispuesto a decir. Si él nos ha enseñado algo, es que la cultura democrática es un organismo delicado que debe ser protegido.


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